La depresión enmascarada: el cuerpo habla

La depresión enmascarada es uno de los problemas más comunes en nuestra sociedad y un reto al que se encuentran muchos profesionales. ¿Es un problema físico lo que sufre mi paciente o es quizá una depresión encubierta? Hemos de recordar siempre que nuestra salud no necesita solo de una buena alimentación y algo de ejercicio físico. La salud empieza cada día con nuestro propio bienestar emocional. Con esa felicidad sencilla del día a día, con una ilusión que empuje nuestros sueños y proyectos.

Ninguna depresión es igual. Ni ningún sufrimiento es igual a otro. De ahí que en muchas ocasiones a los profesionales de la salud les sea tan difícil dar un diagnóstico adecuado. Un dolor de espalda, taquicardias, vértigos e incluso alergias esconden realidades más profundas, tal vez una depresión enmascarada, que pasan inadvertidas y para las que se dan tratamientos poco apropiados.

Pensemos por ejemplo en los niños. En edades tempranas es muy difícil que puedan traducir en palabras aquello que les ocurre, aquello que puede estar traumatizándolos sin que los adultos lo sepan advertir. Eneuresis nocturna, dolores de cabeza y problemas escolares serían las pistas de una depresión silenciosa o enmascarada en un niño.

También los ancianos son tendentes a este tipo de problemas. Por su edad avanzada se encuentran en un cuadro clínico donde son más que comunes los dolores, las malas digestiones, las infecciones, los mareos… ¿pero y si lo que en verdad tienen es una depresión enmascarada? Hay que tomarlo en cuenta, por nuestra salud y nuestro equilibrio. Debemos recordar siempre que nuestro cuerpo es fiel reflejo de nuestro mundo interior y nuestros callados padecimientos.

Se dice que presentan depresión enmascarada casi el 10% de las personas que acuden a sus centros de salud por problemas de espalda, cefaleas o distintas enfermedades aparentemente sin demasiada importancia. Y de ese 10% solo el 50% recibe un diagnóstico adecuado. El resto de personas iniciarán un costoso periplo de visitas a los especialistas donde difícilmente se encontrará el origen de su dolencia. Recibirán calmantes, antiinflamatorios o cualquier otro fármaco que no hará más que empeorar aún más la situación.

Se dice que la depresión enmascarada es muy común, por ejemplo, en los niños. Criaturas a las que se les puede diagnosticar por ejemplo una hiperactividad, o el clásico problema de eneuresis nocturna, que surge de pronto sin que sepamos por qué. Problemas de alimentación, cambios de carácter, muestran indudablemente de que existe un problema subyacente. Pero no es solo una descripción de lo que sucede en niños y ancianos. Son muchos los adultos que van de un especialista a otro sin que nadie encuentre origen a sus taquicardias. A sus problemas digestivos, a su cansancio crónico. Pero la realidad es que no siempre la culpa debe caer sobre los profesionales de la salud, incapaces por dar la etiqueta de “depresión” a un paciente que de verdad la está padeciendo.

Negándose a reconocer el problema

Existe otra vertiente que debemos tener en cuenta: hay muchos pacientes que se resisten a ser diagnosticados con una depresión. Son personas que no conectan bien con sus emociones y sus sentimientos. Personalidades que no aceptan que algo les ocurre, que hay algo que no va bien en sus vidas. En su mundo interior. De ahí que aparezca la clásica «somatización». Pero hay otro aspecto más profundo: en nuestra sociedad «aparentemente avanzada», los problemas físicos están mejor vistos que los psicológicos. Hay personas que prefieren declarar que sufren dolor de espalda crónico a que padecen una depresión. Es más fácil en ocasiones decir que nos duele la cabeza a que hemos pasado un día horrible en el trabajo, en lugar de admitir que nos sentimos solos y tristes. Las emociones no solo cuesta reconocerlas, sino también verbalizarlas, hablar de ellas. Lo que sería, sin lugar a dudas, el primer paso para nuestra propia curación.

Esconder, callar, disimular emociones o sentimientos acaba siempre traduciéndose en un malestar físico, y con el tiempo es muy probable que ese problema original acabe volviéndose crónico.

Es muy llamativo como a medida que las personas reciben el diagnóstico adecuado y asumen que lo que sufren es una depresión, la mejora va apareciendo día a día. Con el tratamiento indicado y con la fuerza de voluntad propia, cada paso en afrontar esos problemas psicológicos nos van restando padecimientos físicos. Y eso es sin duda esperanzador.

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