La relación entre la gastritis y el estrés

Estrés y gastritis nerviosa suelen ir muchas veces de la mano. Digestiones pesadas, vómitos, dolor en la boca del estómago, acidez, hinchazón del abdomen… La sintomatología asociada a esta afección puede ser muy variada y molesta, hasta el punto de que, en ocasiones, limita bastante la calidad de vida. ¿Cómo puede ser que los estados emocionales afecten de tal manera al equilibrio del organismo?

La realidad es que tanto el estrés como la ansiedad son grandes condicionantes en lo que respecta a la salud y el bienestar. Así, la gastritis nerviosa o dispepsia funcional es una más de esas alteraciones orquestadas por una liberación crónica del cortisol. La conocida como hormona del estrés puede pasar factura a muchas de las funciones del cuerpo. Además, el vínculo entre el cerebro y el aparato digestivo es más que significativo. El estómago está revestido por las extensiones del sistema nervioso y, cualquier alteración, cualquier estado de estrés mantenido en el tiempo, acaba alterando muchas de sus tareas más básicas.

Los datos epidemiológicos demuestran una clara relación entre el estrés emocional y los trastornos gastrointestinales. Estrés y gastritis nerviosa no solo son la cara de una misma moneda, sino que además son un factor cada vez más recurrente. En los últimos años, los médicos de atención primaria ven un aumento significativo de otro tipo de afección: la gastritis nerviosa o dispepsia funcional. Esta condición no está mediada por enfermedades del estómago, sino que tiene su desencadenante en el estrés cotidiano. Ese que no gestionamos, ese que viene con el estilo de vida, con las presiones, las preocupaciones, las angustias, etc.

La sintomatología asociada a la gastritis originada por los estados emocionales suele ser muy diversa. No obstante, es común que veamos las siguientes manifestaciones:

  • Dolor o malestar estomacal persistente.
  • Sensación de escozor.
  • Mareos.
  • Sensación de llenura, de haber comido mucho.
  • Barriga hinchada.
  • Digestiones lentas, con eructos.
  • Dolor de cabeza.
  • Ganas de vomitar.
  • Escalofríos.
  • Cansancio.
  • Pérdida del apetito.
  • Reflujo.

¿De qué manera un estado emocional puede derivar en este tipo de afección del tracto digestivo?

Para digerir los alimentos necesitamos ácido gástrico. Este se produce cuando el pH del estómago estimula la liberación y activación de diversas enzimas digestivas. Para que esto ocurra, necesitamos desde acetilcolina, un tipo de neurotransmisor, así como hormonas como la gastrina y también sustancias químicas como la histamina. Ahora bien, cuando llevamos meses sufriendo estrés o ansiedad, todos estos procesos se alteran y lo primero que sucede es que el pH gástrico se desregula. Es entonces cuando aparece la inflamación de las mucosas. Además, el flujo de sangre al estómago disminuye y hace que el estómago sea más propenso a la ulceración.

Por otro lado, estrés y gastritis nerviosa se relacionan porque ese estado emocional provoca un aumento de cortisol en sangre. Esto último afecta a la digestión y la absorción de los alimentos, enlenteciendo estos procesos y acompañándolos además de inflamación.

¿Cómo podemos tratar estos estados?

El tratamiento de la gastritis nerviosa es más complicado que el de la gastritis común. Lo es porque a la estrategia médica debemos añadirle la psicológica, de lo contrario, no tendrá efecto y lo que es peor: la salud puede empeorar. Por lo tanto, lo más acertado en estas situaciones es contar con la supervisión de los profesionales.

Los antiácidos

En primer lugar, y para reducir la inflamación, el dolor y la molestia, se suelen recetar antiácidos como el clásico omeprazol o el pantoprazol. Estos fármacos deben ser siempre prescritos por los médicos.

Mejora tu alimentación y hábitos de vida

El consumo de frutas, verduras, fibra y alimentos probióticos mejorará la salud digestiva de manera gradual. Importante también evitar el consumo de bebidas con gas, el alcohol o todo aquel zumo o bebida envasado y con grandes niveles de azúcar.

  • Evitaremos hacer siestas justo después de las comidas.
  • Ideal si comemos despacio, masticando sin prisas y evitando beber agua durante la comida. Mejor después de ella.
  • A ello, debemos añadir un cambio en los hábitos de vida. El estrés es producto muchas veces de nuestras jornadas sin descanso, de dormir poco y acostarnos cada día a una hora. Es momento de hacer cambios, de cuidar de nuestras rutinas y también de incluir algo de ejercicio físico.

Reestructuración cognitiva y técnicas de resolución de problemas

Entre las técnicas más efectivas para reducir el estrés tenemos, sin duda, la reestructuración cognitiva. Es una estrategia de la terapia cognitiva-conductual orientada a modificar nuestros pensamientos negativos, obsesivos y perjudiciales para el propio bienestar. La idea es dar forma a un enfoque más racional y saludable capaz de orientarnos también hacia conductas más ajustadas.

Por otro lado, es adecuado aprender técnicas de resolución de problemas. Gracias a ellas, podemos abordar los desafíos cotidianos con mejores recursos.

Técnicas de respiración y relajación

La respiración profunda o diafragmática y las técnicas de relajación se alzan como buenos recursos cotidianos para reducir el estrés. Practicarlas a diario puede suponer un buen cambio.

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