La relación entre los dolores de espalda y la depresión

Depresión y dolor de espalda tienen a menudo una relación directa. La primera suele cursar con la segunda y, a su vez, en caso de sufrir lumbalgia crónica es muy común que la persona acabe desarrollando algún trastorno del estado de ánimo. Estas son realidades clínicas muy desgastantes que, a menudo, alteran por completo la calidad de vida de quien la sufre.

De este modo, si tuviéramos que hablar de las condiciones que más bajas provocan a nivel laboral, estas serían las más comunes y recurrentes. Se sabe, por ejemplo, que el dolor de espalda tiene un gran impacto en materia de absentismo y que este es además un problema global. De hecho, se estima que casi el 80 % de las personas se ve afectada por este problema alguna vez en la vida.

Lo mismo sucede con la depresión. El impacto psicológico, social, laboral y personal que supone este trastorno es inmenso y lo será aún más en el futuro. Estamos, por tanto, ante un problema de gran relevancia que acumula en las últimas décadas cada vez más investigación. Vivir con dolor, ya sea físico o emocional, nos incapacita en cualquier ámbito.

La depresión y, en concreto, la depresión mayor, suele cursar con una sintomatología física bastante intensa. Además del dolor de espalda, pueden aparecer contracturas, molestias en el cuello, cefaleas, dolor articular, alteraciones gastrointestinales… El tema sin duda no es nuevo y, de hecho, se sabe también que buena parte de las personas que padecen un trastorno de estrés postraumático evidencian múltiples formas de dolor físico.

Estudios realizados en investigaciones genéticas nos aportan información interesante al respecto de la relación entre estas dos dimensiones. Los trastornos del estado del ánimo y el dolor crónico son a menudo dos caras de una misma moneda.

Cuando la lumbalgia no tiene otro origen más que el psicológico o emocional, estamos ante una depresión mayor. Es el trastorno más grave del estado de ánimo y el resultado casi siempre de una realidad psicológica descuidada o no atendida de manera correcta. En estas situaciones, lo que se ha podido ver a través de radiografías, como la tomografía computarizada, es que las regiones cerebrales vinculadas a la depresión y las relacionadas con la percepción física del dolor son las mismas.

Podríamos decir que el dolor emocional se vive de igual modo que el dolor físico. Asimismo, también se ha podido descubrir que los estados depresivos elevan la producción de un tipo de proteína, la pro-BDNF. Esta molécula se libera en la médula espinal, elevando la percepción del dolor, en especial, en el área de la espalda.

¿Cómo se entiende el vínculo entre la depresión y el dolor de espalda?

Algo que pudo verse es que esta realidad es más común entre las mujeres, en especial a partir de los 50 años. Asimismo, también se observó que afectaba a personas que recibían menor apoyo, tanto emocional, como social y psicológico. Es decir, en ocasiones, podemos pasar largas épocas descuidando ese estado mental, esa depresión que empeora el estado emocional. Finalmente, la sintomatología psicosomática es más elevada, siendo la espalda el área más afectada.

Por otro lado, también se da un hecho evidente. Las personas con lumbalgia crónica también tienen mayor riesgo de desarrollar un trastorno del estado del ánimo. El dolor, la limitación a la hora de desempeñar tareas básicas, de poder trabajar con normalidad y de ver su día a día tan mermado acaba afectando al estado de ánimo.

Tratamiento

Es recomendable hacer uso de un enfoque interdisciplinar. Es importante, ante todo, realizar un adecuado diagnóstico y detectar la posible presencia de otras patologías o condiciones psicológicas.

Por lo general, suelen ser útiles los siguientes enfoques:

  • Terapia farmacológica: antidepresivos, analgésicos, antiinflamatorios…
  • Terapia cognitivo-conductual: permite trabajar los pensamientos disfuncionales de la persona e introduciendo conductas más ajustadas.
  • Las técnicas para reducción del estrés, como la actividad física moderada, la relajación, la respiración profunda, la meditación, aprender técnicas de afrontamiento para la gestión de las emociones…
  • Programas para rehabilitación del dolor. Existen unidades médicas y psicológicas especializadas en la gestión del dolor. La colaboración de fisioterapeutas, médicos y psicólogos suele dar buenos resultados en estos casos.

En los últimos años se están desarrollando programas muy interesantes. Por ejemplo, suelen comunicar la necesidad de lograr un “descondicionamiento mental” en el paciente. Es decir, muchas veces la persona se siente completamente condicionada por el dolor, supeditada al sufrimiento, de manera que no logran avanzar y la depresión se intensifica.

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